EL SANTERO DE MAGDALENO by Mercedes Freedman

A través de la cortina veo al hombre con corte de pelo militar detenerse por unos segundos frente a la puerta de mi casa antes de tocar con puño firme. Algunos se arrepienten de estar allí antes de que yo les deje entrar, dan la vuelta y se van. Ahora, en cuanto oigo a alguien tocar a mi puerta, abro apresuradamente.

 –¿Es Ud….? –­pregunta la visita. 

–Si, yo mismo, el santero de Magdaleno. Adelante.

Todos preguntan así, a medias. Dejo claro enseguida que les espero y permito que entren sin demora, consciente de que no quieren ser vistos por allí.

Tengo suerte de vivir en una calle en la orilla del pueblo, cerca de la carretera que viene de algún lugar desdichado cerca del Caribe para dirigirse a otro igual de desventurado en el corazón de Sudamérica. Quienes, dirigiéndose a mi casa, temen ser reconocidos, desaparecen hacia aquella carretera en un soplo. Suelen ser los que se presentan en vehículos pomposos que, como geranios rojos en la nieve, se destacan en mi calle de grandes agujeros y casas reclamando brochazos de pintura que les devuelva el color verde-turquesa original. Otros siguen de largo, sin ver la entrada al pueblo, húmedo y caliente, a orillas de un río con pájaros en constante repiquetear desde árboles de tal densidad que obligan a descifrar si el cielo sigue donde siempre.

–Entre el sonar del río, el cantar de los pájaros y tanto guayabo le aseguro que nuestra conversación queda entre Ud. y yo –digo al llegar al patio detrás de la casa. Y acomodo, entre el aroma de las guayabas podridas en el suelo, dos sillas de cintas plásticas que quizás fueron azul alguna vez. –Dígame que puedo hacer por Ud.

–Su casa de techo de láminas de zinc me recuerda cuando hace unos veinticinco años atrás le dije a mis padres que no quería vivir en la miseria toda mi vida y que me iba a la capital a ser general de las Fuerzas Armadas, defensoras del país. Pero no vine a contar mi pasado. Se dice que cualquier deseo que a Ud. se le pida, se cumple: amante, asiento en La Asamblea para un hijo cuando los votos no van a su favor, subida de rango militar.

–Se hace lo que se puede. Y a Ud., ¿cómo le puedo ayudar?

–Soy teniente, y quiero ser capitán.

–Todo es posible, teniente, con voluntad de mi parte y un deseo muy grande de la suya.

Mis visitas me han pedido muchas cosas, pero lo que me interesa es oír qué sueños les arrullan y por qué están allí. Algunos tienen sueños que no salen de la cuna, otros los ponen a caminar con pies firmes sobre la tierra. Los del teniente caminan sin detenerse.

Cuando entramos a mi Yerbario, una pequeña caseta allí en el patio, el teniente queda de pie y encorvado en el medio.

–¿Preparará lo mismo que a mi colega ya capitán?

–No, no. Cada receta es individual y según el aura personal –le contesto mientras me muevo entre plantas secas y frescas de ruda, mejorana, perejil, hojas de álamo con potente olor; huesos de conejo, paloma, gallina; revistas y libros amarillentos; dibujos y estatuillas de santos y dioses. 

–Siéntese aquí, teniente, y cierre los ojos que le hago un rezo.

Antes de irse le doy una bolsa con hierbas y huesos de gallina. –Aquí está todo con instrucciones. Regrese en dos semanas a ver cómo le va. Si me paga las visitas ahora, le quedo muy agradecido.

El teniente será capitán en menos de dos semanas y no le volveré a ver hasta que quiera subir de nuevo de rango. Como muchos otros, consigue lo que desea porque hace todo lo posible por obtenerlo. Mis hierbas y huesos no tienen poder militar para que un teniente pase a capitán. Así y todo, sería imposible acusarme de ser un impostor sin nada que ver con sus logros. Sigo lo escrito en mis recetarios antiguos de santería practicado por generaciones de santeros y doy la idea de que todo es posible. Además, ¿quién prueba que una hierba,  con un palo de canela grande o pequeño, con una o dos patas de gallina, con cinco o diez rezos hace capitán a veces y a veces no? Bendito sea el dinero que me da este negocio. Si Magdalena fue perdonada por cualesquiera pecados cometió, esperemos que el nombre de este pueblo me traiga perdón a mí también.  Estar gobernados por hombres preocupados por añadir estrellas a su uniforme ni mata el hambre, ni paga la universidad de la hija.

Ahí está el cielo oscureciendo de nuevo con esa brisa caliente y húmeda que alborota el olor de las guayabas ya pasadas. Pronto los truenos dejarán suelta la lluvia, las calles quedarán inmersas en agua y mi próxima visita seguirá de largo sin atreverse a entrar a Magdaleno.

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