Toda la noche de lluvia y Moraima, con sus tres hijos en la misma cama, no paraba de pensar en que no podía irse del país como han hecho tantos conocidos. El sonido de grandes gotas colmaba la pequeña habitación. Por las ventanas deslizaban finos chorros que pasaban a la pared; tal como sus pensamientos, sin forma específica, navegaban y salían de sus ojos.

Salió temprano de casa y, bajando las largas y empinadas escaleras del barrio, en medio del aguacero que no paraba, rompió fuentes y comenzó a parir. Trató de seguir un poco más rápido a ver si llegaba a la parada de moto taxis, pero fue imposible, la sensación de peso empujando vientre, cadera y vulva, de una masa interna en descenso la obligó a sentarse en el piso, bajarse las licras de algodón que llevaba puestas y abrir las piernas, mientras se acostaba en medio de la vía, por donde también comenzaron a parar otros transeúntes.

Las personas, sin salir de su asombro, unieron espontáneamente sus paraguas para hacer un techito. Empalmados, con diferentes colores y tamaños, dejaban colar solo unas pocas gotas que rodando por el rostro de Moraima, se confundían no se sabe si con su sudor o con sus lágrimas. Una señora, sin quitarse la cartera, se armó de valor para recibir a la criatura. Alguien trajo un periódico para improvisar un lecho, otro gritó hacia arriba en dirección a su casa, un señor sacó un pañuelo del bolsillo para secarle la frente o lo que hubiera que secar; pronto, bajó corriendo su hijo mayor acercando una sábana que por suerte habían lavado y ella, en medio de la algarabía que se había formado, tuvo inesperadamente, un ataque de risas que ayudó a que el bebé, su cuarto hijo, saliera más rápido, casi tanto como los chorros de agua que pasaban por los lados de la escalera y en los que algunos se mojaban zapatos y pantalones para mantener estables los paraguas.

Apenas nació, la señora de la cartera lo envolvió en la sábana. Bajo el colorido techo felicitaban a Moraima que seguía sentada, con las nalgas mojadas. La ayudaron a incorporarse y subirse los pantalones para bajar juntos y coloridos, a la parada de taxis, convenciéndola de no tomar la moto sino un auto que la llevase al hospital.

En el taxi viendo a su hijo, volvió a pensar en que no podía irse. Sobrevino nuevamente la angustia. El taxista, que decidió no cobrar, mirándola por el retrovisor le dijo: No se preocupe porque a pesar de todo, un hijo es siempre una bendición.


© 2021 Mildred Maury Laurentowicz, texto.

© 2021 José Luis Rosales, imagen.

Mildred Maury Laurentowicz es antropólogo por la UCV, orfebre y actriz de teatro. Trabaja con Teatro Altosf desde 1990 y ha participado con sus obras en festivales teatrales y giras en más de 15 países. Fundó la agrupación teatral Espiga Teatro en la Colonia Tovar con la que ha dirigido dos obras, una propia llamada La visita y otra de creación grupal, Despierta, Despierta: Acontecimientos desde el umbral. Ha dictado talleres de teatro juvenil y para adultos desde 2003 y ha escrito y dirigido unas veinte obras de teatro breve para jóvenes. Ha escrito artículos de patrimonio para la revista IAM Venezuela y ha sido correctora de textos para las ediciones del Centro Latinoamericano de Investigación y Creación Teatral (CELCIT). Es creadora junto a José Luis Rosales de los podcast De Letra en Letra, y es autora del libro inédito Cuentos cortos para Eugenia. Realizó un taller corto sobre el cuento con Ángel Gustavo Infante, en Vox Nóvula y participa en el Taller de Escritura Autobiográfica de Ricardo Ramírez Requena.