A veces no entendemos lo que ocurre; es un estado de inconsciencia casi selectiva ante lo que nos resulta inaceptable…

AC

Se había quedado “en blanco”, es decir que no se acordada de nada. Como un zombie se levantó de la cama y no sabía por qué había estado acostado: miró a un lado y a otro, pero estaba en un lugar que no conocía, con ropa sobre una silla que él no lograba identificar como suya y se acercó para examinar, sin comprender nada sobre ¿por qué estaba eso ahí?

Se sentó en la cama y tomó la cabeza con sus manos, sin imaginar siquiera —porque estaba “en blanco”— que allí hubo una mujer, que después de tomar unas cervezas con él y reír, disolvió la pastilla blanca en el vaso con cerveza espumosa, brindaron, bebieron y cuando él se cayó balbuceando en el sillón, esperó que se quedase dormido, abrió la puerta de la calle e hizo una seña para que entrara el hombre que lo cargó, lo llevó hasta el dormitorio, lo desvistió, le puso el pijama, lo acostó y tapó. Entonces revisó los cajones de la mesa de noche, revolviéndolo todo, se guardó la billetera con la tarjeta de débito del banco en el bolsillo del saco y esperó a que la mujer metiera los electrodomésticos chicos, las dos laptops y dos chompas que estaban todavía en sus bolsas sin abrir, en una maleta, que cargó hasta ponerla en la maletera de su auto —el de él, quien dormía y despertaría “en blanco”— abierta con las llaves que ella se guardó subrepticiamente en el bolso al llegar y se fueron, en ese mismo auto, por supuesto, con rumbo desconocido.

Por el momento, estar “en blanco” personalmente, era una bendición. Las maldiciones vendrían después, cuando volvieran los colores de la realidad y se diera cuenta de que lo habían dejado “en blanco”, también en el banco.