Ella todas las noches se acercaba a la ventana a buscar un poco de aire. El ambiente era de vacío en casa, pocas palabras al día con su compañero de años. Los años juntos sumaban más de cincuenta, pero desde hace quince aunque compartían el mismo techo, ya no más habitación.

Camas separadas y mentes también separadas fue algo que les había resultado común desde hacía mucho. Como esas paredes agrietadas, que no se derrumban, pero que tampoco son capaces de soportar ningún otra carga, sino que levemente con el tiempo va cediendo y terminará por derrumbarse, aún con el riesgo de sepultar al que pase.


Uno que otro comentario a la hora de la comida, cortesía de la aprendida desde casa, pero sin que existiera ya la intención de tener la intimidad que da el ser cómplice en la aventura de vida.
Los errores del pasado cobraron con intereses la salud de su relación. Las diferencias no se zanjaron, y la confianza rota por una causa y otra, no se vio reconstruida nunca.

Solo existieron algunas mantas llenas de excusas ante los que le rodeaban, que solapaban de alguna manera el distanciamiento que ya tenían, pero luego de quedarse solos en casa, el refugio de cada uno en piezas separadas, terminó por dar la sentencia de todo aquello que ya no existía.


Él, un poco más entrado en años, tomando medicación para alguno de sus achaques, ella como acostumbrada a su servicio, se la hacía tomar cada noche. Dos toques a la puerta y un “que descanse” para anunciar la despedida diaria, era suficiente para saber que lo que se había perdido, no tenía posibilidad de recuperación.


Palabras y hasta insultos vestidos de silencio, que no salieron para dar origen aunque sea a una discusión, mantuvo herida por años, que quizás solo se podían ver en el fondo de sus miradas. Reproches a montones, que los fueron sepultando.


Una vez más antes de irse a la cama, ella se presenta ante su puerta. Da los toques acostumbrados y no consigue respuesta. No existe la palabra diaria de “Pasa”, que permitía que ambos cruzaran alguna mirada por segundos, y que el hielo de sus días, no les congelará de un solo golpe.


La invitación a entrar a la habitación no se dió. Ella asumió que estaba dormido y no quiso molestar. Sus pasos cansados la llevaron hasta su propia habitación, la ventana cerrada le hizo revivir el encierro a su lado. Al soltar su cabello, en el que predominan los mechones blancos, se da cuenta que la vida ha pasado, y la fotografía de sus hijos y nietos sobre su mes de luz, deja que una incipiente sonrisa intente dibujarse. A pesar de todo, gracias a él, el que duerme en la otra habitación, tienen esa descendencia.


Duerme con un sueño interrumpido, y la noche se hace larga. Toma uno de sus libros preferidos, pero ya no existe interés en la misma historia. Se pregunta como tantas veces “¿porqué deje pasar la vida de esta forma?”.


El nuevo día comienza y el desayuno está servido, pero no hay compañía, no hay exigencia sobre la forma de servir los huevos; esta vez hay un silencio diferente en toda la casa. Decide entonces, volver a golpear a la puerta, sin obtener respuesta.


Rompe con el respeto a la privacidad de cada uno, y al abrir la puerta lo mira allí, sobre la cama, tendido; sin haberse cambiado la pijama. Y no respira. Es extraño verle así, llego su hora de marcharse, pero ya ambos se habían ido hace mucho.


Vienen las llamadas normales, llega una ambulancia y recoge el cuerpo para el resto de los trámites pertinentes al deceso. Van llegando los hijos y el resto de la familia. En poco tiempo la casa está llena, se oyen llantos y palabras de congoja. Ella está tranquila, vestida de negro, con la calma que todos admiran.


El funeral termina, el entierro se realiza, de vuelta a casa y los hijos con cara de angustia solo preguntan “¿y ahora que vas a hacer, mamá?” A lo que ella contesta de la manera más clara: “vivir, solo eso voy a hacer, vivir”.


Ellos quieren darle muestra de admiración, ella solo quiere estar allí, y sentirse en paz, esa que se experimenta al saber que el peso de una relación muerta, ya no existe.