Nada mejor que un atardecer dorado y una brisa que mueva los recuerdos, para que estos lleguen a quedarse en nosotros…

AC

EL MUELLE DE LOS ATARDECERES

Cuando la tarde avanzaba, llegaba todos los días, con su viejo automóvil hasta el muelle lejano y solitario, que ahora completamente inútil por el abandono de años, se adentraba un poco en el mar, saliendo de la arena en la playa para terminar hundiendo sus pilotes carcomidos por el tiempo.

Detenía su auto, se bajaba y después de mirar al sol y calculando lo que este tardaría en bajar hacia el mar y hundirse, tiñendo de rojos increíbles el cielo, sacaba de la maletera una antigua silla plegable de brazos, construida en madera, pintada alguna vez de blanco y una pequeña canasta en la que llevaba el termo con café y el jarrito de loza que le recordaba tardes de charlas con el abuelo, compartiendo el grueso álbum de estampillas, sentados a la mesa con mantel de cuadrito.

Caminaba y avanzaba hasta donde se lo permitían los tablones, extendía la silla, parsimoniosamente se sentaba y mientras tomaba su café, miraba como el sol se bañaba. Recordaba un Egipto lejano con pirámides y esfinge, un Congo belga inaccesible o unas islas Mauricio que vivieron en pedacitos de papel con caras sonrientes números, o árboles y paisajes en los que se adivinaba la aventura.

Recordar, un sol que se ponía, estampillas, su abuelo, el mantel a cuadritos, las historias oídas y esa soledad que le gustaba tanto, con la música que tocaban las olas que venían para morir debajo de lo que había sido un muelle. Ahora, era su sitio de recuerdos, el muelle desde donde el abuelo y el nieto pescaban lo que ahora sabía, era hermosos sueños.