Tu cuerpo se expande 

y se hace extenso como un capullo

de desierto,

como la nube que se fuerza a ser la lluvia

a petición de los jardines.

Improvisado caballo que escupes

en mi hombro tu voz de mar

y me conduces por un llano de su carne azul.

Por la sabana de sabanas,

al unísono de relojes húmedos,

por nuestro fulgor de sudores púbicos,

como ángeles espías

tras la cortina del mundo,

en nuestro cuartucho

de motel incierto,

como un caballo sin jinete

(pues ya no soy yo),

descendemos como un ocaso

de dos cabezas,

al aplauso de nuestras lenguas,

hacia el coro último de una sinfonía de muslos,

hacia el telón cerrado de pupilas lúbricas,

hacia tu espalda que se dilata

como el ano de las flores.