Los cambios pueden ser planificados, pero a veces los más importantes son los que llegan de forma inesperada. Cambias de actividad, de lugar donde vivir, de sueños por cumplir, de intensidad…

Awilda Castillo

ARTIDORO O EL CAMBIO

No era Aristeo ni Doroteo y en realidad su nombre, como sucede mucho, era una mezcla de los de sus padres, Aristarco y Dora pero como nació hombrecito, le cambiaron la “a” por la “o”…

Ese fue el primer cambio de su vida y tal vez junto con el sexo, lo único que duró toda su vida. Porque cambiar es lo lógico y además lo que sucede siempre; aunque Artidoro era bajito, pero no una excepción a esta regla inmutable.

En el colegio prestó mucha atención mientras que en su clase de Historia universal hablaron de arquitectura clásica, porque se identificó con la “AR” y empezó a soñar con ser arquitecto.

Su padre era masón y le hablaba del <<Arquitecto del Universo>>, lo que afianzó su decisión porque se veía estudiando arquitectura en la UNI, que era la Uversidad Nacional de Ingeniería, pero que también enseñaban esa carrera.

Siguiendo un impulso, Artidoro, siendo escolar y posible arquitecto, pidió como regalo una regla “T” la cual veía como símbolo de su futuro, aunque su padre prefería regalarle un compás y una escuadra, tratando de convencerlo que eran símbolos mucho más importantes que una reglita pichiruchi —no por poca cosa eran los del Aquitecto del Universo, vamos…!— y que los arquitectos los usaban igual.

Con los años y la inevitabilidad del cambio Artidoro varió y cambió la arquitectura por la artesanía de espejitos con marco de pan de oro, diciéndose en secreto que avanzaba en la vida, porque a la “AR” inicial, había agregado una “T” ¡La misma letra de la regla que quiso..! Esto le sonó a premonición.

Así continuó el tiempo con sus cambios, unas veces para abajo y otras para arriba, pero con tendencia a la baja peligrosa. De la misma manera, como la artesanía no daba ni para el té, el ser arquitecto era cosa pasada y su padre había desistido de tener un hijo masón diciéndole que tomara las de villadiego; con los quinientos soles que le daba, terminó tomando una decisión.

Artidoro , fiel al cambio, hizo lo que le pareció más fácil, inmediato y muy sensato: Compró 100 billetes verdes y con los soles que restaban se paró en una esquina que comprobó transitada, para cumplir su destino, que es el de todos: cambiar.

Se hizo cambista Artidoro y cambió de profesión.