Amaneció y está muy contento, al fin se le cumplió el sueño que desde hace más de cinco años tenía. La mira dormir y no puede creerlo, ella está ahí.


Se escurre lentamente entre las sábanas y puede oír la respiración pausada y profunda de Susana. Parece un ángel. Nadie viéndola dormir, podría pensar que también puede producir la noche más incendiaria que en pasiones él ha conocido.


Luis Uzcategui es su nombre, pero hoy en día podría llamarse felicidad. Se dirige al baño y al sentir su olor sobre su piel, sonríe; lo ocurrido anoche ha superado cualquier sueño o fantasía que podía tener con respecto a Susana. Cinco años mirándola tan cerca, pero a la vez sintiéndola ajena a todo lo que él sentía. Habían sido años de suplicio y rabia en silencio, de andar de brazo en brazo buscando como quitársela de la mente.


Su piel aprendió a recorrer otros territorios femeninos y a sentirse a gusto, pero su corazón jamás aceptó que alguien más entrara. Y ahora está ahí, su felicidad duerme plácidamente desnuda, luego de la mejor noche de pasión de su vida.


Pero no puede evitar sentir terror al mirarse al espejo y recordar quién es él. Siente pánico de pensar que al despertar ella se ira, y quizás esto no sea ya parte de sus vidas.


¿Quién podría garantizarle que ella se quedará? Entre los gemidos de la noche y la euforia de la pasión, no fue mucho lo que quedó para decirse. El había estado solo toda la tarde en casa, llovía y a pesar de tener planes con una chica para la noche, había decidido no salir. El trabajo le fastidiaba, la tele no tenía nada atractivo, así que estuvo por casi dos horas contemplando la lluvia caer por su ventanal, casi sintiendo pena por si mismo. Hasta que escuchó el timbre sonar, y ella pareció.


Verla en el umbral de su puerta fue algo sublime.No sabía qué hacer, ni que decirle, así que solo la invito a pasar.


Se sentaron en el sofá del salón ambos y empezaron a hablar de la lluvia y la forma como todo se congestionaba cuando era tan larga como la de esta tarde. Ella hablaba y él miraba su boca, ella tenía sus ojos siguiendo los de él. Era como si ocurría una conversación afuera, pero dentro, en el deseo de los dos, transcurría otra. Hasta que ella dijo sólo dos palabras: —Lo dejé —acto seguido, respiro profundo y se tumbó en el espacio que tenía libre en el sofá.


El silencio lo llevó a uno hasta el otro y en una peligrosa cercanía, ella solo pronunció tres palabras: —Sé que me quieres.


Lo que ocurrió después, cualquier cosa que pueda decirse para intentar describirlo, se quedaría corta, y la sensación que hay en Luis, es como si aún no hubiera abandonado la cama. Ella sigue dormida, fuera de las sabanas, la mitad de su cuerpo desnudo le impiden pensar con la lucidez que quizás la culpa pudiera suministrar.


—Mi vida ya no es más sin ti —dice susurrando mientras vuelve a acercarse a ella. Aunque no quiera, el tenerla allí hace que el resto del mundo le resulte lejano, ajeno al punto de querer postergar el resto de la vida para un después que no llegue.


Vuelve a su lado y ella al sentirlo extiende su brazo hasta tocar su pecho y él sabe lo que pasará luego.


De pronto repica el móvil. El no quiere interrumpir el momento, pero vuelve a la llamada que resulta muy insistente. En la pantalla, se deja ver el nombre de quien llama: <>. Coloca el móvil en su oído y una voz al otro lado dice l entre sollozos lo siguiente:
—Tengo que verte pronto Luis, estoy en el pozo hermano… Susana se fue anoche de casa y me ha dejado. No sé que hacer.


Las palabras no aparecen, la respuesta es silenciada por un beso que impide cualquier reacción, y el teléfono cae al piso. Si el interlocutor al otro lado se mantiene en línea, es muy probable que pueda escuchar el ruido de la pasión.